Anarquismo y liberación nacional (Ikària, 1986).

FRAGMENTO DE LA PONENCIA DE IKÀRIA SOBRE ANARQUISMO Y LIBERACIÓN NACIONAL, PRESENTADA EN LOS ENCUENTROS INTERNACIONALES ANARCO-INDEPENDENTISTAS DE CERDEÑA, CELEBRADO EN DICIEMBRE DE 1986.

 

Tradicionalmente, la liberación nacional ha sido vista por los anarquistas con reticencias, incluso con hostilidad. A menudo se ha identificado con ideas como nuevo Estado, nuevas fronteras, interclasismo y demás, pensando en las burguesías liberales europeas del siglo XIX. Se ha querido liquidar el tema haciendo una formulación global en la que la extinción del Estado solucionara todos los males presentes. Pero una formulación global, aunque permite situar mejor las interrelaciones entre las distintas parcelas en que se manifiesta la represión y la resistencia, no tendría sentido si olvidase la especificidad de cada cosa, si aplazase hasta el día en que tengamos el cielo en la tierra la respuesta y la lucha o, si imaginase que acabando con el Estado se acaba con el viejo mundo que llevamos dentro, de un día para otro.

Tenemos claro que esta indiferencia por el tema que hoy está empezándose a romper aquí, en Barcelona, proviene de una real incomprensión del alcance de lo que podríamos denominar opresión nacional. Este es un tema peligroso, porque malinterpretado desemboca pronto en un interclasismo. Por ejemplo, la burguesía catalana encuadra políticamente dentro de CIU, forma parte del Estado español, de las instituciones que este mantiene en Catalunya, y especialmente del grupo económicamente dominante más interesado en conservar que en destruir, porque a pesar de su fraseología regionalista, no es un grupo social oprimido por ningún poder, ya que ella es el poder. En cambio, para los sectores sociales más castigados por el capitalismo, sí que ha existido, al lado de la explotación de clase, otras formas de explotación tendentes a la despersonalización y pérdida de consciencia e identidad, como factores necesarios a la estabilidad del poder político. El Estado necesita anular al máximo la individualidad, la diferencia, para crear un modelo de súbdito estable, buen demócrata en este caso, que acabe considerando al Estado como bueno, útil, imprescindible…

Este tipo de alienación se consigue de varias maneras: educación, religión, medios de comunicación, moral familiar, etc. Pero es indudable que la opresión nacional también ha jugado su papel. Si en vez de ser catalanes pensamos que somos españoles o franceses, estamos aceptando más cosas del Estado: sus absurdos límites territoriales, su falsa identidad.

Respecto a los Païssos Catalans (los de este lado de la frontera), el régimen del general Franco sintió especial predilección por atacar todo aquello que denotase individualidad catalana. El actual régimen prefiere evitar estos extremos y centrarse en un nuevo patriotismo, en el que la pluralidad refuerce y contribuya a la unidad. El objetivo es el mismo: dar una cohesión nacional a los territorios arbitrariamente reunidos dentro de las fronteras del Estado España, evitar una disgregación que podría ser territorial, pero también institucional.

No hemos pretendido nunca recuperar un nacionalismo popular. El nacionalismo toma postura afirmando –ya sea una idea, ya sea (tampoco necesariamente) un proyecto institucional nuevo–, mientras nosotros tomamos postura más bien negando. Negamos una situación concreta de agresión y despersonalización, pero ni tenemos claros unos límites geográficos ni mucho menos en ese Estado nuevo. Por eso nos encaja mejor el concepto de independencia, entendido siempre como ruptura de unas relaciones de sumisión indeseadas respecto al Estado. Y no tanto por el hecho de que este Estado sea extranjero, noción más que discutible, sino por el hecho de ser Estado, defendiendo, por tanto, también una independencia de un hipotético Estado catalán, tendenciosamente dicho Estado propio.

Pretender que un estado es propio, ya sea porque el alcance de su aparato administrativo-represivo coincide geográficamente con una nueva patria, emocionalmente más atractiva, ya sea porque se reclama de una nueva clase, socialmente más oprimida, forma parte de las ideologías con que un nuevo grupo dirigente camufla su acceso al poder político.

El núcleo de la propuesta anarquista es en realidad la voluntad de independencia total. Nuestra aportación consiste en fundir dentro de esta voluntad de independencia, el deseo de romper aquella opresión nacional a que aludíamos, con el deseo de antiautoritarismo; ningún poder sobre el individuo. El vínculo de unión está en el federalismo, que permite una coordinación de esfuerzos libre, no vinculante, pluridireccional y permanentemente rescindible, de abajo a arriba, del individuo a la comuna, a la comarca, a donde sea necesario.

Los tópicos anarquistas de un nuevo Estado, nuevas fronteras, interclasismo y otros, no tienen consistencia ni han de servir para pasar por alto el tema, protegiéndose en la comodidad de la opinión mayoritariamente aceptada. La liberación nacional forma parte de un proceso de lucha anticapitalista, en la que se busca independizarse, romper con unas relaciones de dominación a todos los niveles. Este proceso anárquico tiene ahora realizaciones concretas: abstencionismo laboral, okupación de casas vacías, insumisión contra el servicio militar, expropiaciones colectivas, aprovechar la cobertura de manifestaciones para apedrear comisarías y establecimientos concretos, formas de sabotaje, creación de pequeñas comunas, y otros. Como proceso, necesita una ruptura violenta con el actual estado de cosas, pero continua y tiene realmente sentido después de esta ruptura. En la medida que tengamos fuerza para impulsar iniciativas como comunismo libertario, autogestión, municipio libre o federalismo, no tiene sentido hablar de nuevos Estados, como entidades al margen de nuestro tejido social. Si no tenemos fuerza, no solo la liberación nacional, sino cualquier otra reivindicación pendiente, no podrá realizarse fuera del Estado, del actual u otros.

Acusarnos de querer crear nuevas fronteras es igualmente absurdo, sobre todo cuando la acusación proviene de un movimiento libertario histórico, que siempre ha reconocido las actuales fronteras de España como marco de lucha y de organización futura, asumiendo la españolidad e identificándose con la propuesta ideológico-territorial del estado al que quiere combatir. Queremos romper las actuales fronteras para dar paso a una libre federación. Tanto la reunificación propuesta por los independentistas, como la federación ibérica de los libertarios, parten de marcos patrióticos obligados. Si bien la idea de Països Catalans es muy válida, tiene que ir configurándose en la práctica, federativamente, de abajo a arriba, por descontado sin fronteras ni límites a una coordinación que más arriba hemos definido pluridireccional, esto es, simultáneamente a distintos niveles.

Finalmente, si el interclasismo de las reivindicaciones nacionales es un peligro real, más que servir de pretexto para inhibirse de los problemas, ha de servir de permanente punto de referencia para comprender que en la lucha contra el Estado y el capitalismo, el enemigo prioritario es la burguesía de aquí.

Revista Sabotaje (Madrid), nº 5. Enero de 1987.

 


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